El grito de los cuerpos.

Por: Ciro Palacios Artista plástico y profesor de la Universidad de Lima

El arte de Francis Bacon

Francis Bacon. Luego de dejar las salas de la galería Tate de Londres, la impresionante retrospectiva de Bacon, uno de los artistas más importantes del siglo XX, se exhibe ahora en el Museo del Prado, no lejos de los cuadros de Velázquez que el artista británico tanto admirara.

Cuando se le preguntaba por la violencia de sus pinturas, Francis Bacon a menudo evocaba las tensiones que lo agobiaron en la niñez y la adolescencia. Nacido en Dublín el 28 de octubre de 1909, pasó seis años de su infancia en Irlanda, donde se enfrentó temprano a un escenario de violencia social y política, con la amenaza de francotiradores y bombas ocultas que lo marcó para siempre. La idea de la muerte instantánea en medio de la noche provoca una intensa impresión en este niño de gran imaginación.

La expulsión del colegio y de su casa cuando tenía 16 años dio lugar a un espíritu rebelde y despertó una mente ávida de sensaciones fuertes, determinada a destapar y desarrollar sus verdaderos instintos y seguirlos hasta sus últimas consecuencias. Berlín fue su exilio y allí tuvo contacto con un poderoso ambiente cultural; le atrajo la sofisticación continental y conoció los vicios de una metrópoli agitada. En 1927 y 1928 se mueve entre París y Berlín, trabaja en decoración hasta que el encuentro con la obra de Picasso lo impele a dedicarse a la pintura. En 1929 vuelve a Londres y se inicia como autodidacta en la pintura al óleo.

En 1944, ante su escaso éxito, destruye casi todas sus obras. Ese mismo año el tríptico “Tres estudios de figuras junto a una crucifixión” marcará la reanudación de su carrera sobre unas bases totalmente nuevas. En 1948 el Museo de Arte Moderno de Nueva York compra una obra suya y en 1949, año de su primera pintura inspirada en el “Inocencio X” de Velázquez, realiza por fin una serie de exposiciones individuales.

EL CREADOR
Francis Bacon nunca deseó ser clasificado y siempre le rehuyó a los rótulos. Algunos especialistas lo calificaron de neo-figurativo y otros de expresionista, pero él deja entrever en varias entrevistas su disconformidad con ambos pareceres. Es heredero de la fascinación por el movimiento que caracteriza a todo el siglo XX, pero su acercamiento a las fotos de Muybridge, lejos de emparentarlo con los futuristas, lo une más al absurdo existencial de un Beckett cuyos seres solitarios arrastran sus cuerpos trasegados por el tiempo. Bacon muestra en sus obras ese paso del tiempo, sin emociones superficiales, intentando mostrar el ser-en-el-tiempo que somos todos, ese tiempo que se hace carne: la materia viva no está fija y, por lo tanto, hay que mostrar su permanente mutar. Escarba con su gesto brutal en los rostros de sus modelos para encontrar, en la profundidad, su esencia.

En su obra, el acto de pintar da participación al azar y a lo fortuito que surge en cualquier momento cambiando inesperadamente hasta el tema mismo del cuadro. Hace marcas, limpia, friega puntos o zonas; tira la pintura bajo ángulos y a velocidades diversas, que hacen suponer que hay ya sobre el lienzo como en su cabeza datos figurativos virtuales. Estos serán sometidos a la fuerza de la acción que progresivamente quitará las marcas originales estirando la materia pictórica, y con ella, formas muy sugerentes e involuntarias surgirán del movimiento.

La boca y las aberturas que se prolongan de un extremo a otro del cuerpo son una obsesión: se trata de movimientos a través de los cuales el cuerpo tiende a escaparse. Así emerge otro mundo de sus trazos irracionales, involuntarios, accidentales, de sensaciones confusas, trazos no representativos, ni ilustrativos ni narrativos, manuales, casi ciegos que dan testimonio de la intrusión de otro mundo en la figuración.

EL CUERPO Y EL GRITO
Francis Bacon fue un pintor paradigmático por plasmar la dolorosa condición del hombre desde la más cruda singularidad. El motivo fundamental expuesto en sus escenas es el cuerpo, al que estudia con ahínco observando la pintura de los clásicos y la fotografía documental y periodística, con el fin de recoger formas del mundo empírico que lo orienten en la búsqueda de las huellas de lo invisible, aquellas fuerzas que trataba de captar y exponer en sus pinturas.

Bacon realiza una anatomía de la autodestructividad humana; ensaya atrapar la intensidad de la experiencia corporal en esos momentos de dolor y éxtasis que prefiguran la desaparición física y nos enfrentan al cadáver. En los cuerpos desfigurados, deformados, mutilados y en los rostros en el límite de la desaparición que componen su obra, no podemos dejar de evocar lo siniestro freudiano, esa inquietante extrañeza que para Lacan constituye la clavija indispensable para el abordaje de la angustia como fenómeno observable. Lo siniestro, como el propio Freud apuntó, es el lugar donde más cerca están la estética y el psicoanálisis; de ahí que se haya argumentado que Freud lo trata como una categoría estética del mismo calado que lo sublime.

El “Saturno devorando a su hijo” de Goya es un precedente importante de los personajes baconianos. En esta obra el maestro español altera la configuración normal del cuerpo de Saturno en sus miembros y tronco para introducir un movimiento propio de la transformación que sufre el personaje representado. Hay en estos protagonistas algo que Bacon hace suyo y vuelve visible: es el grito de sus cuerpos. Su pintura pondrá el grito visible ante nosotros, ese que convulsiona el cuerpo para llegar hasta la boca abierta que, como un abismo, conduce a nuestra mente.

Bacon cuestiona la identidad, los valores y el control del cuerpo en los que el hombre suele cimentar su existencia y justamente lo hace basando su producción artística en la representación obsesivamente distorsionada del cuerpo del hombre. Sus imágenes responden a la idea de que al cuerpo ya no se le observa como el espacio, el refugio, que asegura la idea del yo, sino, por el contrario, el dominio donde el yo es contestado e, incluso, perdido.

“Bacon vive en la época que el yo fatalmente se esquiva”, dice Kundera. El hombre cree que ejerce control sobre su propio cuerpo aunque su existencia está basada en una inestabilidad permanente. Es la época en la que se cuestiona la identidad y los valores que se consideraban conformadores del hombre, y el cuerpo es reconstruido, sus fronteras traspasadas o superadas. En definitiva, Bacon no solo fue uno de los grandes pintores de la forma humana, sino también uno de los grandes indagadores de la condición humana; y desde la perspectiva de hoy, uno de los más grandes artistas del siglo XX. Dejó a la humanidad un arte que refleja como ningún otro la angustia de nuestro tiempo.

Artículo publicado en “El Dominical” de el diario “El Comercio”, el domingo 22 de Febrero de 2009.

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